Panjakent y el trekking de los 7 Lagos

Panjakent es una ciudad que pilla de camino entre Dushanbé y Samarcanda. Desde que abrieron la frontera – queda a 20km de la ciudad – son más viajeros los que paran por aquí. La ciudad tiene historia. Su mayor esplendor se dio durante el imperio sasánida y rivalizó directamente con Samarcanda. La antigua población se puede visitar en lo alto de una de las colinas – más bien lo que queda de ella – y disfrutar de los atardeceres. Sentados, mientras cae el sol, observamos que hacia Uzbekistán se aplana el terreno y hacia el interior de Tayikistán las montañas crecen exponencialmente. Literalmente, estamos en la puerta a las montañas o al desierto, según se mire.

Pero nuestro paso por Panjakent es mucho más que una ciudad histórica e importante en la Ruta de la Seda. Nos atrapó por unos días la hospitalidad de la familia del homestay donde nos quedamos y, mientras descansamos, nos fuimos un par de días a realizar un trekking conocido como la Ruta de los 7 Lagos.

Info útil

• La Ruta de los 7 lagos es un trekking que discurre por las Montañas Fann, se adentra en un valle por el cual transcurre un río y muchas pequeñas aldeas habitadas. El recorrido empieza en una aldea llamada Shing y termina en el 7º lago, cerca de la aldea de Marguzor. Durante el recorrido se pasa por siete lagos.

• Desde la ciudad de Panjakent hay una furgoneta al día que sale al mediodía hasta la población de Shing – no sabemos precio -, pero también se puede llegar en taxi y en autoestop, sencillo.

• Durante el recorrido, hay posibilidad de dormir en alguna homestay repartida por el valle. No hay muchas, pero conocemos una en el sexto lago, una en la aldea de Padrud y un par cerca del cuarto lago (en maps.me están marcadas). Si llevas tu tienda de campaña, en el séptimo y último lago es buena idea acampar porque hay terreno herboso.

¡Lo que nos pasó! Conseguimos llegar hasta el sexto lago en autoestop, andamos hasta el séptimo lago y bajamos a dormir a la aldea de Padrud. Al día siguiente, desde esta aldea caminamos hasta Shing. Una vez en Shing, un local nos invitó a subirnos al coche y nos llevó a la población de Kosatarosh. Desde aquí fue más fácil llegar a Panjakent a dedo.

Foto a foto

Como a quien madruga dios le ayuda, nos levantamos temprano y nos plantamos en la carretera a la salida de la ciudad de Panjakent. Sin mucha dificultad encaramos el camino hacia el interior del valle. En un par de trayectos ya habíamos alcanzado la población de Kosatarosh. Aquí un hombre nos levantó y explicó su vida mientras vivió en Alemania. Visitamos su lugar de trabajo – una mina de oro que explota una empresa china – donde conocimos a su sobrino. Éste resultó ser amigo del dueño del homestay donde nos estábamos quedando. Cosas del autoestop, insistieron que les llamásemos cuando termináramos nuestra visita al valle.

Enlazando fácilmente diferentes vehículos, conseguimos llegar al sexto lago en el mismo día. Nos trajo un familiar de la única homestay que hay en este lago. Por el camino nos ofreció quedarnos a dormir a un buen precio y como ya teníamos pensado hacerlo de esta manera, apalabramos con él que al volver del séptimo lago dormiríamos allí. El camino es precioso, una carretera tallada en el lateral de la montaña para que los vehículos puedan pasar, bordea el lago y toma altura para llegar hasta el 7º. Lo hicimos a pie, y aunque el día no acompañaba mucho – llovió en algún momento – disfrutamos de lo lindo mientras cruzábamos la última aldea y encarábamos la subida al lago más alejado. Llegando nos sentamos en su orilla y nos marcamos un buen picnic con algo de comida que llevábamos en la mochila.

Volvimos a la homestay y vemos mucho jaleo. Resulta que se han colado en nuestro sitio un grupo de tayikos que van a pasar ahí la noche. A falta de espacio y que son todos hombres – y nosotros una pareja – no ven claro que tengamos que estar ahí jodiendo la fiesta. La familia nos ofrece la posibilidad de dormir en otra habitación, pero estamos en las mismas. Teníamos que dormir con otros dos hombres a los cuales tampoco parecía hacerles mucha gracia el asunto, y a nosotros a estas alturas tampoco. Así que sintiéndonos no bienvenidos y con ganas de salir de ahí, nos volvimos a colgar nuestras mochilas y seguimos camino hasta la siguiente población, Padrud. A paso ligero y con una leve llovizna pasamos el quinto lago y antes de llegar al cuarto nos detenemos en Padrud. Nuestro mapa señalaba algún sitio para dormir. La aldea nos sorprende positivamente. El río la cruza literalmente, las casas se reparten a ambos lados, la gente que las habita parecen muy agradables y todo está cuidado. No es un mal lugar para quedarse si encontramos el sitio que tenemos marcado. Un par de indicaciones nos llevan hasta el lugar. Mucho mejor acondicionado que de dónde veníamos, mismo precio y con la cena incluida, aparte por la noche estaremos solos, dormiremos plácidamente en una cama y podremos pegarnos una ducha de agua caliente. ¡Menudo acierto!

Por la mañana tenemos las pilas cargadas, después de desayunar tranquilamente seguimos deshaciendo el camino realizado el día anterior en vehículo. A medida que bajamos los lagos nos van pareciendo más cristalinos, aunque el entorno es totalmente diferente. Los primeros que visitamos, y que están a más altura, están flanqueados por altas montañas, mientras que los que les siguen están rodeados de algo más de vegetación. En las pequeñas aldeas que vamos cruzando en el camino, los árboles frutales reinan los jardines de las casas y la vida a primera hora de la mañana despierta nuestra atención. En las orillas del rio cada casa tiene su acceso a éste, y a estas horas las mujeres lavan la ropa. Algunas se percatan de nuestra presencia y alzan la vista por encima del muro curiosas pero tímidas. Les saludamos y entonces nos sonríen. Los niños no tienen vergüenza alguna y nos saludan eufóricos a nuestro paso.

Tras algún que otro desnivel y sin dejar de bordear los lagos, llegamos al primero. El agua es tan cristalina que es inútil no sucumbir a la posibilidad de pegarse un baño. El agua fría nos regenera y seguimos bajando cruzando cada vez más aldeas. La gente es simpática y curiosa. Parece que no se atreven a molestarnos hasta que no les saludamos nosotros.

Llegados a Shing, y antes que el valle se ensanche y empiecen los camiones de la mina de oro a colonizar la carretera, decidimos hacer autoestop de vuelta a la ciudad. Mientras bajamos el conductor de un pequeño utilitario nos ha ofrecido llevarnos sin pagar nada y por gestos le decimos que perfecto. Vamos parando a cada rato al lado del río a cambiar el agua a unos peces que lleva en un bote, entre risas entendemos que es para sus sobrinos. Un par de vehículos más nos acercan hasta Panjakent.

Descansados, decidimos realizar la llamada que tan insistentemente nos pidieron el sobrino y tío que conocimos el primer día de ruta. Resultó que nos querían invitar a tomar el té en su casa. El dueño del hostel, que era amigo de éstos, también estaba invitado y todos aceptamos encantados ese ofrecimiento. La mañana en la que nos íbamos, en el último momento se incorporó, Paula, una chica española que justo llegaba al hostel cuando nos marchábamos y se animó a acompañarnos.

Lo de tomar té es una forma simplificada de decir festín. Nos reciben a mesa puesta con mucha fruta, dulces, ensaladas, embutidos…más tarde vino la comida, cordero en salsa con patatas. Su casa es bonita, esta a la vera del río y tiene un jardín cuidado con los árboles que proporcionan la fruta que tenemos en la mesa. ¡Más no se puede pedir! Todos disfrutamos de una experiencia genial. Al finalizar, volvemos todos al hostel y por si no fuera suficiente, al dueño del hostel se le ocurre montar una cena con todos los huéspedes y nuestro anterior anfitrión. Los huéspedes no entienden nada, hasta que le contamos la historia del autoestop. La hospitalidad tayika tiene esas cosas. Nos marchamos del país con el corazón encogio, sabemos que algún día regresaremos.

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Alberto Campaña y Sonia Díaz son los autores de VísteteQueNosVamos, un blog que nació en el año 2014 a raíz de un viaje vuelta al mundo. Apasionados de los viajes y de la montaña desde hace unos cuantos años más, decidieron dejarlo todo y salieron a conocer el mundo sin billete de vuelta. Esta vuelta al mundo los llevó por Nepal, Sudeste Asiático, China, Japón, EE. UU. y Sudamérica, recorriendo miles de kilómetros en transporte público, a pie y en autostop. Después de cuatro años en ruta, la decisión es clara, no quieren parar de viajar. Ahora están en un viaje por Asia.
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