Mashhad, un lugar de peregrinación

Cuando viajábamos por Taiwán, en la pequeña población de Dulan, conocimos a una pareja iraní-coreana. Komeil nació en Mashhad, pero lleva varios años viviendo en Corea del Sur con su mujer. Unos días antes de cruzar la frontera desde Turkmenistán y sabiendo que en ocasiones visitan la ciudad para ver a la familia, nos pusimos en contacto con ellos a ver si, por casualidad, podíamos organizar un encuentro. No fue posible ese reencuentro, pero aún así su hermano pequeño Soheil junto con sus padres nos harían de anfitriones los días que estuviéramos en la ciudad.

Llegamos a Irán un viernes que es día festivo en el país. Ni un rial en el bolsillo y ninguna posibilidad de cambiar dinero. Ni en la frontera ni en la población de Sarakhs. No teníamos otra que plantarnos en la salida del control fronterizo a ver si algún coche nos llevaba hacia Mashhad. De Sarakhs a Mashhad distan unos 200 km. Creímos que no nos costaría mucho llegar a dedo hasta la segunda ciudad más grande de Irán.

Cosas del viaje, había poquísimo tráfico en la carretera. Del segundo coche que nos recogió, el acompañante iba hacía la ciudad. En un principio entendimos que íbamos a llegar en coche, pero ilusos de nosotros vimos como el coche giraba dirección a la estación de trenes de Sarakhs. Preocupados por no haber podido hacer cambio de moneda y afrontar cualquier gasto que pudiese surgir, le dijimos al señor que nos iba a ser imposible pagar el billete de tren, que continuábamos a dedo. El señor, que no entendía inglés, algo intuiría y nos puso cara tipo no os preocupéis que yo me encargo. El tren llegó a la estación y nos montamos los cuatro. ¿Los cuatro? Justo antes de eso, ocurrió un detalle clave en esta historia. Un chico, Ehsan, que habla un perfecto inglés, reconoció que éramos extranjeros cuando nos vio sentados esperando al tren. Pasó a saludarnos y por supuesto, a ofrecer su ayuda por si la necesitábamos. Entonces le explicamos toda la situación.

Desde ese momento Ehsan encaminó la situación para que llegáramos a Mashhad sin problemas y se encargó de llevarnos casi hasta la puerta de nuestros anfitriones. Llamó para que Soheil pasara a recogernos, esperó a que llegara y se aseguró que nos dejaba en buenas manos. Un gran tipo.

Mashhad podría ser una ciudad como cualquier otra, pero lo que la hace especial es el complejo de Haram-e Razavi, donde alberga la tumba del Imam Reza. Es el lugar de culto islámico con mayor superficie del mundo – más grande que La Meca – y el centro de peregrinaje más importante para los musulmanes chiitas. Dentro del islam hay varias ramas, siendo las más importantes la sunita y la chiita. Ésta segunda es la que predomina en Irán, o al menos la que promociona fervientemente su gobierno. El turismo religioso en la ciudad es indiscutible. Vienen creyentes de muchas partes del globo a rendir culto a una de las figuras más representativas de esta rama del islam. La visita al recinto es una experiencia impresionante y lo que se vive allí dentro aún más.

El recinto es extremadamente grande. Son varios accesos que rodean todo el complejo. No están permitidas las cámaras pero si los móviles. Hay que vestir recatadamente, tanto hombres como mujeres. En el caso de la mujer con el riguroso chador. Una prenda que cubre de cabeza a pies escondiendo cualquier posible figura.

A parte del mausoleo del Imam, dentro también hay mezquitas y minaretes, grandes salas interiores y patios exteriores, un museo, una biblioteca y un comedor donde al mediodía se alimenta gratuitamente a los fieles. Puedes deambular horas y horas por todo el complejo sin aburrirte, admirándolo con la boca abierta. Fascinantes cúpulas turquesa y doradas. Toda clase de detalles decoran los muros y porticones. En el interior cientos de miles de cristales revisten paredes, techos y columnas. El ambiente que se respira es fascinante, hay que vivirlo. Fervor religioso en estado puro. La tumba está protegida por una jaula. Hombres y mujeres, en salas separadas, tocan la tumba, rezan, suplican, lloran y leen textos sagrados del Corán. Lejos de entrar en el eterno debate, el islam guarda la creencia que la naturaleza del hombre y la mujer son diferentes, y por lo tanto la relación con su dios, Alá, también lo es y por esa razón rezan por separado.

Merece la pena visitar el complejo en varias ocasiones y en diferentes momentos del día. Al caer la tarde, empieza la tarea de colocar las alfombras en todo el complejo y a medida que las sombras que proyectan los muros ganan terreno en el suelo los fieles van tomando asiento. Éstos pasan largos ratos en el complejo, no solo es un lugar de culto sino que más bien es un lugar donde ir a pasar el día. Los niños, que son niños, juegan en los patios. Grupos de amigos o familiares, se sientan en los salones interiores durante las horas más duras del día al fresquito de los aires. Algunos rezan, otros charlan y otros miran el móvil.

El interior del recinto es una experiencia religiosa, como diría aquél, pero fuera del recinto se extiende el resultado de la importancia de este lugar como centro de peregrinación. Las calles circundantes están repletas de hoteles, restaurantes, tiendas de objetos religiosos, peregrinos, oportunistas y algún mendigo. Ríos de chadores negros caminan por las calles, selfies con el complejo como telón de fondo, rostros de diferentes partes del mundo y un largo etcétera serviría para poner en situación, pero difícilmente nos aproximaría a transmitir las sensaciones que se tienen al estar en un lugar así.

Mezclarse entre la muchedumbre, sentir los cuerpos presionados por la multitud al intentar tocar las rejas de la tumba del Imam Reza, el sonido constante de los rezos y el murmullo de los fieles sentados en las alfombras de las salas, todo es una sensación que invade y por poco creyente que sea uno, es imposible que no despierte ningún tipo de admiración.

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Alberto Campaña y Sonia Díaz son los autores de VísteteQueNosVamos, un blog que nació en el año 2014 a raíz de un viaje vuelta al mundo. Apasionados de los viajes y de la montaña desde hace unos cuantos años más, decidieron dejarlo todo y salieron a conocer el mundo sin billete de vuelta. Esta vuelta al mundo los llevó por Nepal, Sudeste Asiático, China, Japón, EE. UU. y Sudamérica, recorriendo miles de kilómetros en transporte público, a pie y en autostop. Después de cinco años en ruta, la decisión es clara, no quieren parar de viajar. Ahora han finalizado su ruta por Asia Central.
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